Kurmi Wasi, la escuela donde se cultiva la tolerancia

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El colegio se encuentra en el municipio de Achocalla. Sus alumnos aprenden fuera del aula el cuidado de animales y cultivo de alimentos. El objetivo es formar “seres físicos, emocionales, intelectuales y espirituales”

Fue cuando cursaba la pre promoción que Limbert Calle que decidió dejar el colegio del que había formado parte durante su niñez y adolescencia. Fichado como “chico problema”, le cerraron la oportunidad de culminar su bachillerato en la escuela.


Buscando un lugar donde pudiera sentirse parte, dar sus opiniones sin censura y donde, sobre todo, el largo de su cabello no importara más que sus ganas de aprender sobre el mundo, dio con el colegio Kurmi Wasi, la Casa del Arco Iris, que en palabras de su director, Piti Ovando,  “se sustenta en pilares que tienen que ver con la integridad del niño-niña, demostrando que no se aprende de forma mecánica”.

Este colegio, que se encuentra a hora y media del centro paceño, en el valle de Achocalla, fue fundado en 2005. Tal como dice Ovando, lleva la educación fuera de las cuatro paredes del aula, pues desde su fundación el objetivo es construir una propuesta educativa que plantee metodologías didácticas hacia la formación de seres físicos, emocionales, intelectuales y espirituales.

Es acá donde Limbert Calle, cuatro años después de dejar su primer colegio, encontró su lugar y actualmente figura como docente practicante.

Los alumnos aprenden  el cuidado de los animales.

Dos alumnos interrumpen la entrevista con una emergencia. El corral de las ovejas  sufre un desperfecto por lo que los animales podrían escapar. En respuesta, Ovando les sugiere reforzar cada pilastra para garantizar la seguridad del lugar. Enseguida, los niños corren a hacer lo sugerido. Al ver mi expresión de sorpresa, Ovando explica: parte del sistema de enseñanza implica que el alumno se involucre totalmente con proyectos, entre ellos la crianza de animales.

“Cada curso tiene un proyecto con animales que lo va asumiendo, en prekínder y kínder tienen sus patos, por ejemplo. Entonces ellos son responsables de que los patos no mueran. Los niños se organizan y crean brigadas”, precisa Ovando.

Cada brigada cumple distintos deberes con los animalitos. Unos se hacen cargo de la alimentación, otros recogen los huevos o asean los corrales. Esa es la forma en que los niños aprenden acerca de la biodiversidad.

Una de las aulas  de la escuela que se encuentra en Achocalla.

La crianza de animales no es la única interacción que tienen los alumnos en el Kurmi Wasi. En cursos superiores se dedican al cultivo y cosecha de verduras, y hortalizas, conociendo así, de primera mano, las necesidades que precisa una planta para crecer.

 “Nosotros aprendemos a valorar lo que es producir un alimento. Cuando el alumno es partícipe del proceso de cultivo, desde cavar la tierra con sus propias manos, ver crecer la planta, hasta cosecharla, entiende el valor de cada alimento”, afirma Limbert, al recordar sus días en  la prepromo y la promo en el Kurmi Wasi.

El ahora docente practicante asegura que estas actividades ayudan a cambiar la forma de pensar de los estudiantes con respecto a la labor en el campo, ya que forman parte de ello in situ. Por añadidura -continúa Limbert- los estudiantes aprenden del trabajo en equipo, a ser empáticos con las opiniones de  otros y respetar cada parecer.

 Los estudiantes de prekínder  y kínder tiene a su cargo el cuidado de patos.

“Acá hay acuerdos de convivencia. Los lunes y viernes hay apthapis con alimentos sanos que traen los alumnos; acá no hay la lógica de comprar en un kiosko”, señala.

 Sobre la empatía y el trabajo en equipo, el director del colegio asegura  que “así es como se regulan las relaciones entre alumnos”. Situación que mejora favorablemente la relación con alumnos con Síndrome de Down o Autismo, que también asisten al Kurmi Wasi.

“Ellos se integran en el día a día del colegio”, afirma la autoridad.

En este colegio no se sigue una receta para la evaluación de los estudiantes,  ésta se practica todos los días, según las capacidades de cada alumno.

Trabajos, participación en clase, la producción, el desarrollo de proyectos, son factores determinantes.

Además, si un alumno desea exponer acerca de un libro, puede acudir a sus habilidades y disertar por medio de una pintura, un dibujo o, simplemente, escribir un ensayo.

Desde el primer nivel secundario, los alumnos eligen módulos según sus preferencias. Según Piti Ovando este sistema permite que los alumnos se organicen en horario y sean responsables con el desarrollo de sus investigaciones.

 “Puedes tener chicos de primero de secundaria, sexto o tercero juntos trabajando”, afirma.


En el nivel primario se dan talleres de danza, teatro, música. En secundaria se ofrecen talleres de producción como cerámica, agroecología, cocina y audiovisual.

Los alumnos provienen de El Alto, del centro de La Paz, de Miraflores y Sopocachi. Son aproximadamente 170 chicos y cada curso cuenta con un promedio de 12 alumnos. Cuatro buses recogen diariamente a los alumnos desde cuatro puntos de la ciudad para llevarlos al Kurmi Wasi.

Dana Gómez,  de 12 años,  cursa su cuarto año en la Casa del Arco Iris. Para ella el colegio no se compara con su anterior colegio.

“La manera de enseñar es diferente, me gusta la gramática y ortografía. Mi curso se encarga de cuidar a las ovejas. En la mañana las sacamos para que coman, les damos agua y limpiamos su corral. Los martes y jueves además tenemos talleres”, señala emocionada y asegura que luego de pasar por los espacios del Kurmi no volvería a un colegio tradicional.

El colegio es parte de la Fundación Taypi, una organización sin fines de lucro que fomenta y facilita la vivencia entre diferentes generaciones y culturas. Se sustenta con aportes voluntarios de las familias, que varían según su realidad económica.

A lo largo de estos 13 años, desde su fundación, Kurmi Wasi se destaca por su método de enseñanza. Fue reconocido por el Ministerio de Educación como un colegio referente, modelo. Lo que impulsó a la entidad a dar charlas sobre el tipo de educación que brinda.

Las aulas de adobe y revestimiento de yeso con murales artísticos están dispuestos en un patio de césped, amplio, donde unos patos se pasean libremente y se ve a  chicos comer su merienda. Los más pequeños se columpian al vaivén del viento, tal como había descrito el poeta hindú, Rabindranath Tagore:   “Un niño está en medio de su ambiente natural entre flores y pájaros cantores; solamente así puede expresar por entero los tesoros escondidos de su individualidad. La verdadera educación nunca puede ser inculcada como por bombeo, de afuera hacia adentro; por el contrario, debe ayudarse a su espontáneo fluir de adentro hacia fuera, desde los infinitos recursos de la sabiduría interna”.

Verónica Avendaño es fotoperiodista.

 

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