Tiempos de pandemia: Consejos para hablar con los niños sobre la muerte

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Los niños más pequeños también están expuestos a la muerte y no podemos controlar cuándo morirá alguien cercano a ellos. La conocen bien, porque se la encuentran en el jardín: en los insectos muertos, en los cuentos o películas que ven, en un abuelo enfermo, en la pérdida de una mascota o en los personajes de videojuegos.

Sin embargo, muchos adultos evitan hablar del tema y no saben cómo actuar cuando llega el momento. La psicóloga Verónica Trigo explica que los niños van asimilando la muerte de distinta manera, según sus características personales (edad, madurez para procesar los hechos y las emociones y personalidad) y las características de su entorno (apertura al diálogo, modelos de referencia, clima y educación emocional familiar). “Por eso es importante adecuarse a las particularidades del niño y ser conscientes y trabajar en las características de los adultos y del contexto”, añade.

El psicólogo Germán Burgoa hace hincapié en que la muerte es un suceso natural e inherente al ser humano. Hablar sobre ella sin una carga emocional extrema puede ayudar al niño a entender una situación de pérdida en un futuro. Al contrario, si se evita esto, no le ayuda a prepararse.

Hay muchas maneras de abordar el tema con un niño a través de hechos cotidianos, como la relación con las mascotas, videos educativos de carácter infantil y películas. Menciona una especial: “Coco”, cinta de origen mexicano que muestra de manera muy normal la costumbre de ese país en relación al Día de los Muertos, que también celebramos en Bolivia. “Situación propicia para que los niños participen en estos rituales ancestrales y aprendan de manera natural del proceso de la vida y la muerte”, adiciona el especialista.

Trigo acota que, de acuerdo a su experiencia, la mejor forma de abordar el tema, antes y después de un fallecimiento, es a través de los cuentos. “Éstos permiten que el niño se acerque a esa realidad, con la ventaja de entrar y salir de la historia. Es decir, el niño puede sentirse identificado y a la vez puede ser espectador”, añade. Apunta además que conectan razón y emoción, promueven posibles resoluciones y reflexionan sobre ello, lo que puede ser aprovechado para promover un diálogo abierto sobre el asunto. Un libro que recomienda es “Así era mi abuelito” (Joan de Deu Prats).

La psicoterapeuta individual, de pareja, familia, niños y adolescentes destaca que existe una manera de preparar a los niños para los duelos, sin necesidad de hablar específicamente sobre ellos. Una forma que señala es entrenar su tolerancia a la frustración, que implica desarrollar su capacidad de aceptación y adaptación. Otra es exponerlos a situaciones en las que tengan que aprender a perder en un juego, no tener todos los juguetes que desea, etc. “En psicología se entiende el duelo como la reacción psicológica ante cualquier tipo de pérdida (de seres amados, sueños, proyectos, objetos, etc.)”, recalca. Menciona que Virginia Satir, terapeuta familiar, decía que incluso “hay pérdidas que son necesarias”: cuando los hijos se van de la casa para hacer su propia vida, la ruptura con una pareja tóxica, la pérdida de la juventud, etc. “Aprender a abordar las pérdidas es esencial para nuestra salud emocional”, subraya.

EN ESTOS TIEMPOS DE PANDEMIA

Trigo asevera que hablar sobre la muerte, en estos tiempos, es indispensable si se nota que el niño está afligido por ella. Que no se hable no significa que no se sienta. “Ignorar la inquietud de un niño sólo promueve la represión sobre el tema y la búsqueda de respuestas en otras fuentes que pueden ser contraproducentes”, alerta.

Por otra parte, asegura que, si no hay aflicción sobre el tema, entonces no es necesario abordarlo. Sin embargo, resalta que, para éste y cualquier otro tema, la familia debe cultivar una comunicación abierta, directa y accesible.

Burgoa agrega que el impacto en los niños puede ser mayor en este tiempo de pandemia, ya que las redes sociales, la televisión y el entorno más cercano a todas las personas hablan en exceso y de manera dramática sobre la muerte, dándole un tinte muchas veces exagerado. Esto provoca temor y miedo incluso en personas adultas. Recomienda hablar con el niño sobre las medidas de cuidado mientras dure la pandemia, en las cuales se debe tocar de la posibilidad del fallecimiento o la pérdida de muchas personas, sin entrar en detalles “amarillistas” que se ven en los medios de comunicación. También sugiere no someter al niño a estas situaciones que pueden generar traumas y miedos extremos que pueden tener características fóbicas. Para hablar con los niños sobre la muerte, los expertos consultados comparten 10 consejos

  1. HABLA DEL TEMA DESDE TEMPRANA EDAD

Burgoa indica que es importante preparar al niño para la muerte desde muy pequeño, aproximadamente a los tres años, periodo en el cual ya está desarrollado el lenguaje y las habilidades motrices y sociales adaptativas. “Es capaz de entender los acontecimientos que ocurren en su entorno”, dice el especialista. Sugiere que sea través de ejemplos o situaciones cotidianas, mediante recursos tecnológicos (como la televisión y los videos), libros historietas, relatos, cuentos o tradiciones en los que se hable de manera apropiada sobre ello. (Ver recuadro al final, sobre cómo procesa el niño la muerte de acuerdo a su edad)

  1. DA LA NOTICIA A TIEMPO

“Los niños son expertos en el lenguaje no verbal. El fallecimiento de un ser amado provoca cambios en las expresiones corporales, en la rutina, en los tonos y en los temas de charla. Los niños se percatan fácilmente de éstos”, afirma Trigo. Expone que evitar darle una mala noticia no alivia su corazón; al contrario, lo somete a la incertidumbre, que es la que origina la ansiedad, la desconfianza y el malestar emocional.

  1. DILO CON SINCERIDAD

“No se debe temer decir ‘ha muerto’ o ‘ha fallecido’. Que no se hable de un tema no significa que el niño no lo piense o no lo intuya. Es mejor que se aborde la situación, para que el infante se sienta acompañado y orientado”, dice Trigo. Acota que lo que no se nombra no se procesa fácilmente y se convierte en tabú. “Justificar la ausencia con un ‘viaje’, por ejemplo, puede hacer que el niño tema a los viajes porque los asocia con una ausencia perenne”, advierte.

  1. TRANSMÍTELE SEGURIDAD

“La seguridad del niño se encuentra en las personas que le rodean. Los padres son el vínculo más cercano que les da seguridad. Si el niño ve a los padres angustiados o en actitudes dramáticas, él también se sentirá afectado”, afirma Burgoa. Por lo tanto, el experto recomienda que los padres guarden serenidad en presencia del niño. “La actitud del entorno frente a la pérdida o el fallecimiento de una persona cercana debe ser vivida de forma natural y poco dramática en presencia del niño”, agrega.

La muerte es igual a mas vida
La psicóloga Verónica trigo explica que evitar dar una mala noticia al niño no alivia su corazón; al contrario, lo somete a la incertidumbre, que es la que origina la ansiedad, la desconfianza y el malestar emocional. Los expertos recomiendan que una buena manera de abordar el tema es a través de la relación con las mascotas.
  1. ELIGE UN AMBIENTE FAMILIAR Y TRANQUILO

Trigo sugiere que sean los padres o alguien muy cercano que hable de ello. Recuerda que es sano validar la posibilidad de sentir distintas emociones (tristeza, rabia, culpabilidad e incluso nada), ya que el duelo se caracteriza por los sentimientos encontrados y contradictorios. “Dar lugar a que el niño pregunte en ese momento o cuando desee. El amor arropa. Éste es el momento de manifestar más el afecto de distintas maneras”, asegura.

  1. IDENTIFICARSE CON LA PERSONA QUE NOS DEJA

“Reflexionar sobre los legados y herencias del fallecido, conectando con lo que el ser amado nos deja (recuerdos, enseñanzas, ejemplo, etc.)”, subraya Trigo.

  1. DIFERENCIARSE DE LO FALLECIDO

Trigo recuerda lo primordial de comprometerse a lo que vive y está presente. “La muerte de un ser amado puede desmotivar y adormecer al adulto. Sin embargo, todo se puede paralizar, salvo el desarrollo de un niño. Es necesario seguir brindándole experiencias que lo estimulen y lo nutran de manera integral”, manifiesta. Menciona que algunas veces, ante la ausencia de un ser amado, las celebraciones como las navidades ya no motivan. “Es necesario que el niño siga experimentando la magia de esas ocasiones y otras cotidianas”, añade.

  1. NO SOMETER AL NIÑO A RITUALES PROLONGADOS

Burgoa explica que en estas circunstancias (velorios o entierros), las personas expresan de manera “muy sentida” la pérdida de un familiar o un ser querido. Si el ambiente familiar cae en excesos emocionales, recomienda que es mejor no hacer partícipe al niño de estos actos rituales.

  1. SI HA SIDO PARTÍCIPE DE UNA SITUACIÓN VIOLENTA…

Burgoa manifiesta que, si el niño sufrió una exposición cruda frente a una situación de muerte, puede resultar traumática para él, provocando alteraciones emocionales futuras. En caso de haber sido testigo de un accidente o algo similar, aconseja que reciba inmediatamente apoyo psicológico con un profesional de especialidad en tratamiento a niños.

  1. ELABORAR EL DUELO

Trigo explica que procesar una pérdida toma su tiempo y su trabajo emocional. Asegura que, en los niños, las reacciones pueden aparecer semanas, meses e incluso años después, en función de la consciencia que vayan tomando sobre el tema. La experta recuerda una frase de la escritora Nahir Gutiérrez: “Ninguna pregunta verdaderamente importante tiene sólo una respuesta”. “A lo largo del tiempo, pueden surgir nuevas preguntas y nuevas respuestas. No hay sólo una forma de abordar el tema. Cada familia irá encontrando su manera particular para sobrellevar el duelo”, concluye Trigo, a tiempo de aconsejar que, si se siente que no se avanza, es necesario buscar ayuda profesional.

DE ACUERDO A LA EDAD

Trigo detalla que así procesan el duelo los niños en función de su edad:

0-2 años: la psicoterapeuta explica que en la primera infancia los niños pueden notar cambios en el clima familiar y en el estado emocional de sus cuidadores. “Los adultos deben trabajar en sí mismos para generar un ambiente ‘resiliente’ (que se sobrepone a las dificultades). Mantener las rutinas transmitirá seguridad y estabilidad”, agrega.

2-6 años: “los niños tienen un ‘pensamiento concreto’, comprenden de manera literal lo que se les dice y es posible que formulen varias preguntas”, asegura Trigo. Aconseja que las respuestas deben ser genuinas, concretas y sencillas. Por ejemplo, es probable que el niño pregunte: ¿ahora dónde está? A esta edad no es necesario entrar a una reflexión filosófica, con una respuesta concreta como: ‘su cuerpito está en el cementerio’ o ‘en el cielo’, el niño obtendrá la información que buscaba”, indica. “Es importante no confundirlos con respuestas engañosas como ‘está durmiendo’ o ‘ha viajado’. La decepción de la mentira es peor que el dolor por la pérdida”, asegura. A nivel emocional, manifiesta que es sano que participen de situaciones que fomentan el “recuerdo positivo”: contar anécdotas, ver fotos, recapitular sus enseñanzas, etc.

6-10 años: al tener mayor consciencia, pueden formular más preguntas. “Si no se sabe qué responder, se puede posponer la respuesta, anunciando que es necesario pensar o averiguar sobre el tema y luego responder sin falta”, indica Trigo. Asegura que a esta edad puede aparecer el miedo a su propia muerte o a la de los progenitores. En ese caso, señala que se puede explicar que lo habitual es que las personas mueran de “viejitos” y que como padres se cuidan para tener una larga y buena vida (y realmente hacerlo).

También recalca como importante inculcarles que no sufran por lo imaginario y que disfruten el presente. “A esta edad, existe mayor iniciativa para participar de rituales de despedida. Si acuden al funeral, explicarles con antelación en qué consiste, no dejarlos solos y que estén con alguien que pueda abandonar el lugar en caso necesario”, recomienda.

10-13 años: “recién a los 10 años asumen la muerte como algo universal e irreversible. A esta edad pueden hacerse más preguntas filosóficas. Los padres pueden proponer su manera de entender la muerte”, manifiesta la experta. Resalta que es posible que a partir de esta edad, el hijo no exteriorice sus emociones, las somatice o las manifieste con irritabilidad, aislamiento, etc. “Es importante mostrarse accesible y ayudar a canalizar de buena manera sus emociones. Desde la preadolescencia es posible que surja la culpabilización (“por qué no lo llamé más”, “debería haberle hecho más caso”). Humanizarnos, siendo conscientes de que somos personas imperfectas y que hicimos lo mejor que pudimos es algo que se debe trabajar ante las pérdidas”, comenta Trigo.

 

(LOS TIEMPOS)

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