‘Revolución de las pititas’… es escaso, muy pobre

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El verdadero actor de los recientes conflictos fueron las clases medias independizadas, asegura. Lo de octubre-noviembre fue una revuelta o rebelión de las clases medias.

Manuel Morales Álvarez (miembro del Comité Nacional de Defensa de la Democracia, Conade), fue el eje político de la “defensa de la democracia”, pero con un añadido histórico, asegura: el momento de la autonomía, acaso independización de la clase media; un sector, sin embargo, agrega de inmediato, con muchas contradicciones en sí mismo, nada homogéneo. Por eso, propone a debate, aquello de la “revolución de las pititas” ciertamente banaliza los hechos, y encubre la potencialidad que tuvieron dichas movilizaciones.

Manuel Morales Álvarez, miembro del Comité Nacional de Defensa de la Democracia, Conade.

—Lo del movimiento, la ‘revolución de las pititas’, ¿es adecuado?

—Sí y no. Sí porque la gente se ha identificado (con la respuesta) a Evo, que había dicho: ‘unas pititas y unas llantitas, nosotros vamos a darles cátedra de cómo se bloquea’. En cierta forma la gente, como una respuesta indignada, ha asumido que fue una revuelta de las pititas; pero, desde el otro lado, es banalizar las cosas, volverlas objeto, y quitarle al sujeto social que se ha movilizado. Ha sido una movilización vasta, con personas que bloqueaban una esquina, colocaban una pitita; no eran masivas en ese punto, pero si analizamos, era un bloque de miles y miles; por eso se habló en ese momento de las pititas; pero si intentamos explicarnos lo que ha pasado, por supuesto que hablar de una revolución de las pititas es escaso, muy pobre.

—Por eso, decir que unas pititas derrocaron al MAS no explica mucho. ¿Qué pasó en el fondo?

—Primero, la población le dio un no [a Evo], el sector de la población especialmente urbano y popular; pero cuando la Policía y luego las Fuerzas Armadas le retiran su confianza, la COB aconseja que el presidente renuncie, y sobre eso el informe preliminar de la OEA habla de un fraude, aunque con otras palabras. Yo creo que es el momento del quiebre moral de Evo, por eso es que se ve en la necesidad de renunciar, acosado, acorralado, por su desmoralización. No puedes decir que el 10 de noviembre ha habido un acto físico de violencia, cuando él incluso estaba fuera de La Paz, que le hubiese obligado a renunciar; la renuncia ha sido un acto de desmoralización de Evo Morales.

—Pero hubo violencia: quemas de casas de diputados, de ministros; presión, hostigamiento…

—Sí, absolutamente; no podemos negar eso; pero fue de ambos bandos; así como se quemó la casa del hermano de Borda, se quemó en La Paz la casa de Waldo Albarracín y de Casimira Lema; las quemas fueron como una reacción de la gente; una especie de venganza popular; estábamos en un momento de revuelta, de una insurgencia popular, y las quemas de casas han tenido esa particularidad, de expresar esa violencia, por eso es que si no se llegaba a una solución del conflicto, esa violencia podía desbordarse. Sí ha habido violencia, yo personalmente nunca lo niego.

—Esta ha sido una revuelta de las clases medias, se dice. Usted señala en algún lado que la clase media se volvió más política…

—No. Siempre la clase media ha sido política; lo que pasa es que ésta siempre ha vivido enajenada por proyectos históricos. Los proyectos históricos populares en Bolivia, obreros e indígenas, han tenido un magnetismo tan fuerte que han enamorado a la clase media, y han hecho que ésta asuma como suyos esos proyectos; pero ahora que había en puertas una insurrección contra un gobierno de izquierda, entre comillas, falsa izquierda, pero que los sectores sociales obreros y campesinos apoyaban, ¿cuál era el otro sujeto social que podía salir y enfrentarlo? Ninguno, salvo esa clase media, que en un proceso de desajenación asumió que con su propia fuerza y con su propio proyecto podía dar esta última batalla. Fue interesante porque fue una conciencia en torno a la democracia, a la defensa del voto, a una crítica muy aguda al gobierno por violentar la misma Constitución que el mismo MAS elaboró, manipuló y nos hizo aprobar en 2009, y que la gente, sin ser fanática de la Constitución, asumió su defensa porque se dio cuenta que era el Estado que estaba vulnerando la normativa.

—Una defensa del voto que terminó alejándola del proceso histórico, el Estado plurinacional, la nacionalización…

—Por supuesto. Y para que haya esa ruptura, tenía que haber un alimento, algo que le nutra; y eso, durante estos 14 años y que ha hecho que la clase media rompa con el proyecto estatal y se alce como fuerza social, ha sido la resistencia democrática, que ocurrió, por ejemplo, con la movilización del TIPNIS, las muertes en Caranavi, lo de Zapata, el Fondo Indígena, las diferentes denuncias; el oído receptivo de todo esto no era el sector popular indígena, que estaba encandilado viendo a Evo en el Canal 7 o viéndolo en concentraciones solamente en áreas rurales; esa conciencia democrática, todas las denuncias estaban yendo a un oído receptivo, que era de nosotros mismos, nuestra propia clase. Por eso es que en las movilizaciones del 21F, el primer lugar de bloqueo era la calle 21 de Calacoto y la plaza Avaroa; eso ya estaba dando indicios de que el movimiento que venía iba a ser vanguardizado por las clases medias.

—Álvaro García Linera habla de una clase media decadente y otra emergente…

—No tiene sustento teórico eso, porque él pensaba que ellos habían hecho crecer a la clase media, cuando nosotros sabemos que el modelo capitalista a nivel global tiende a la masiva urbanización, y que todas las políticas extractivistas a nivel global han generado el crecimiento de la clase media; en la actualidad, las clases medias son la clase con mayor base social, eso no quita que siga habiendo obreros o indígenas.

—¿Así de homogénea es la clase media?

—No, para nada. Incluso podría decirte el hecho de que no se debatieran temas ideológicos es lo que posibilitó el triunfo sobre Evo Morales, porque en el momento en que un sector de la clase media hubiera dicho ‘nosotros identificamos tal visión ideológica y queremos que nos sigan’, ese rato nos hubiéramos dividido. Este movimiento ideológicamente no es homogéneo, es una amalgama, y de pronto encuentras cosas que probablemente te irritan: gente que reivindica la Biblia o de pensamiento muy conservador, pero que está dispuesta a salir a la calle a enfrentarse a la Policía, a lo que venga. Entonces, tú veías esa cualidad típica del militante de izquierda de los 70.

—Es que todo esto hace a su perspectiva política real. ¿No es muy volátil; como una veleta, en el mejor sentido?

—Como lo son los obreros, los indígenas, los policías, como lo es la justicia. En mi experiencia política he descubierto que no puedes apostar mucho a los sectores sociales presuponiendo su fidelidad ideológica. Mira: el MAS durante años ha hecho todo un esfuerzo para controlar el Poder Judicial y subordinarlo, llega el nuevo gobierno de Áñez y ellos de manera sistémica se alinean con el nuevo gobierno. Eso demuestra que las Fuerzas Armadas han sido gonistas, han sido evistas, y ahora son añistas, y van a ser leales al próximo gobierno que venga. Si me dices que la clase media no es fiel. Sí, es la época que estamos viviendo. No nos extrañe que los vientos que soplen vayan quebrando a los movimientos sociales. Un ejemplo son los cooperativistas mineros, que ahora están alineados con el Gobierno, tienen un ministro; y eso no te garantiza que el movimiento obrero en el próximo gobierno tal vez no sea su contrincante, sino un aliado más.

—¿Qué posibilitará tendencias progresistas de las clases medias?

—Las clases medias siempre han sido progresistas: los muertos en la guerrilla de Teoponte, puros universitarios; la resistencia contra la dictadura de Banzer: el MIR, el ELN, la clase media. Ahora, ¿qué es lo novedoso hoy?: es que esta clase media se está adhiriendo a la defensa de unos valores no considerados en la teoría política clásica, como el respeto al voto, la dignidad, la democracia, un concepto bien abstracto. El fraude fue demasiado indignante.

—¿Cómo hay que leer el ‘fuera el indio del Palacio’?

—Como parte de las contradicciones que hay. Y esa es la labor: si tú reivindicas un proyecto democrático, tienes que eliminar de tu leguaje la discriminación, la xenofobia. La gente que levantó las banderas de la democracia no puede pronunciar la palabra indio despectivamente. Hay que decir que esa gente no es democrática y no debiera estar con nosotros; esas actitudes fascistas niegan al movimiento democrático. (LA RAZON)

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