Origen, nombres y significados del Ekeko

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Leyendas e historias se tejen en torno al Ekeko, pequeño personaje de la fiesta de la Alasita.

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Una de ellas afirma que en algún momento tenía forma de mujer, otras versiones lo muestran como representante de la fertilidad y del agua, como un dios de la abundancia y en su relación con deidades andinas y católicas.

El hombrecillo, hoy trabajado en yeso, de rostro blanco y mejillas sonrosadas, ojos grandes y bigotes ralos, de baja estatura y contextura gorda, viste un gorro o lluchu (en aymara) de lana multicolor.

A veces lleva un sombrero, camisa y poncho, un pantalón de tela o de bayeta de la tierra arremangado hasta los tobillos, y unas abarcas de goma o cuero. Su indumentaria casi pasa desapercibida porque está cubierta de una abundante carga de cosas, desde productos de cocina y alimentos secos, instrumentos de trabajo, hasta electrodomésticos y aparatos modernos, todos en miniatura. Este personaje es el protagonista de la Alasita, cada 24 de enero en La Paz.

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El comunicador e historiador, Milton Eyzaguirre, jefe del departamento de Extensión y Difusión Cultural del Museo de Etnografía y Folklore (MUSEF), afirma que esta figura andina ha sido criollizada desde el siglo XVII, cuando diferentes autores escribieron y coincidieron en que el Ekeko surgió desnudo en la cultura tiawanacota, en la época prehispánica, aunque no existe una fecha precisa.

El investigador rescata un dato de los estudios del arqueólogo, ya fallecido, Carlos Ponce Sanjinés: “Hay referencias de que el Ekeko tiene su característica femenina llamada Qika, esta información planteada por Ponce Sanjinés dice que en la región norte del departamento de La Paz se encontró imágenes de este personaje femenino, pero más datos no se tiene”.

Pequeñas imágenes de plata, desnudas y corcovadas, que representarían al Ekeko fueron halladas en Tiawanaku. Entonces era un personaje de la fertilidad de la tierra porque tenía un falo erecto prominente. Sanjinés en sus libros señala que la joroba estaba asociada al rayo y el pene a la fertilidad.

Según los estudios del antropólogo, en 1942, campesinos descubrieron en las aguas de la Isla del Sol, en el lago Titicaca, unas cinco a seis estatuillas jorobadas de unos 60 centímetros de altura, lo cual hace presumir que existió un templo para el Ekeko.

Otra imagen similar de unos 15 centímetros fue encontrada en Tiawanaku, pero un investigador suizo se la habría llevado a su país, a mediados del siglo XIX.

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Deidades
Eyzaguirre relaciona al Ekeko con los dioses Pachacámac y Runacamac en la región del Perú. Este último, según las crónicas, pedía con llanto agua al Dios que está en los cielos para proveer a su pueblo.

El vínculo es el agua porque de acuerdo con el primer diccionario aymara de Ludovico Bertonio, escrito en 1612, el Ekeko es el dios Tunupa y esta deidad en el contexto andino representa a las aguas.

“Tunupa fue cristianizado, tiene una tradición en el contexto católico porque después es representado como el Tata Santiago, San Bartolomé y Santo Tomás, y a su vez todas estas deidades católicas representan la presencia del rayo. Entonces hay una relación entre el Ekeko, Tunupa y Runacamac que son deidades vinculadas con las aguas”.

El historiador concluye que la relación del Ekeko con el agua significa en la tradición popular un elemento importante para la siembra y la cosecha, la fertilidad de la tierra y la abundancia de la producción.

Desde la época tiwanacota hasta el siglo XVIII, el Ekeko estuvo invisibilizado. Entre 1572 y 1575 surgió una extirpación de idolatrías por la llegada de españoles, el rey Francisco de Toledo prohibió la existencia de cualquier imagen de deidades en tejido, cerámica y otro material.

Existe un relato acerca de que en la fundación de la ciudad La Paz en la población de Laja, el 20 de octubre de 1572, los indígenas presentaron imágenes de ekekos.

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Antonio Diaz Villamil, en su libro Leyendas de mi tierra, cuenta de la aparición de la imagen del Ekeko en el cerco a la ciudad de La Paz por Túpac Katari, en 1781, como quien habría provisto alimento para los indios y españoles.

En agradecimiento, el gobernador de entonces, Sebastián Segurola, ordenó la fiesta del Ekeko y la Alasita, el 24 de enero de 1783, en homenaje de la virgen Nuestra Señora de La Paz. También pidió a su empleado indígena Isidro Choquewanca, que trabaje una escultura del pequeño, pero con rasgos españoles de Francisco de Rojas, padre de su esposa.

“Desde entonces fue criollizado, pero es el mismo personaje de Tiwanaku, pero mimetizado. Hay una transformación física del Ekeko pero no afecta a la construcción simbólica que hay en su entorno”, dice Eyzaguirre.