Fernando Calderón: “Si Potosí no hubiera existido, el mundo sería diferente”

129 0

«La Bolivia posible. Entrevistas a intelectuales bolivianos»

Gonzalo Lema (GL): ¿Por dónde debemos empezar a conversar? Cuando se habla de América Latina, o cuando hablamos de Bolivia, es posible empezar por cualquier tema, pero este tema deriva en otro, y en otro, y todo parece enredo, no hay armonía. Nuestras sociedades no han podido organizarse bien. La consecuencia visible son nuestros Estados: débiles, autoritarios, corruptos e ineptos. Esta realidad empobrece la vida… ¿Cuáles son los impedimentos con los que siempre hemos tropezado?

Fernando Calderón (FC): Con las formas que adquirió el poder. Ellas se reproducen en sociedades porosas, chenkosas, abigarradas, es decir, con culturas, en el más sentido amplio del término, entremezcladas, que muy difícilmente las puede gestionar la política, la economía o las instituciones. El atavismo está ligado a la multiplicidad de las jerarquías culturales que coexisten desde siempre: con la naturaleza que es nuestro sello primigenio (Amazonía, cordillera andina, costas diversas con dos océanos, Patagonia), con poderes intrínsecamente multiculturales desde sus orígenes que se han hecho más diversos y complejos con la diversidad española, africana, asiática, etc., etc. En síntesis: con relaciones de poder barrocas que se redefinen, cambian y permanecen al mismo tiempo. Entender esto es difícil, pues además un pensamiento religioso faccioso y predominante lo dificulta.

GL: ¿Hemos estudiado lo suficiente los 300 años de Colonia? Allí se encuentran varias raíces de nuestros males actuales. La justicia, por ejemplo. Del abuso de aquellos tribunales al abuso de los actuales. Este tema seguro ha de derivarnos a la política que se ejercita eternamente desde el Órgano Ejecutivo…

FC: Nunca habremos estudiado lo suficiente. La realidad experimentada es infinita y el pensamiento limitado. Empero es fundamental tratar de hacerlo. Por ejemplo, para mí son claves tres conceptos que trabajé con varios colegas y amigos en relación a esos arcanos tiempos que se acabaron pero que aún no terminaron. El de “estratificación social de origen colonial”, el de “la dialéctica de la negación del otro” y el de un“extractivismo perverso” que serian, conjuntamente con una lógica barroca de resistencia, los que, cambiando, marcan las raíces de nuestras historias con sus virtudes, pero también con sus atrocidades. Hacer cumplir la ley, como decía un viejo sabio, es más difícil que cualquier revolución. En este contexto es difícil un orden institucional legítimo y eficaz, aunque nuestra historia haya estado plagada de juristas e instituciones jurídicas demoledoras. Pero recordemos también que predomina una “cultura amoral”. A mí me asusta siempre hacer un trámite. Qué poder, ¿no? Como decía René Zabaleta: “si Kafka hubiese sido latinoamericano, seria un escritor costumbrista”.

GL: Nuestro estudioso Leonardo García Pabón, en su preciosa introducción a los “Relatos de la Villa Imperial de Potosí” de Bartolomé Arzáns de Orzúa y Vela (s. XVIII, principios), indica que debemos prestar mucha atención a la Colonia, porque allí residen varias claves de lo que ya somos y, más aún, “de lo que podemos ser”. ¿Tú crees que entonces se originó esta mentalidad? Claro, no debemos olvidar la Guerra del Chaco…

FC: Si Potosí no hubiese existido, el mundo sería diferente. La cultura de la hacienda y de la minería son ejes de nuestras relaciones históricas de poder con el mundo y con nosotros mismos, y están asociadas con las ideas que ya mencioné. Como también los sistemas de intermediación y, sobre todo hoy, de un corporativismo faccioso. Por otra parte, los bolivianos valoran en sus vidas: a Bolívar, a las lecciones de las guerras vividas, a la revolución del 52 y a la democracia. (Al menos eso encontramos en una encuesta del 2000). ¿Como se evaluará el neodesarrollismo indigenista de aquí a 50 años? Un hito fundamental que nos permitió reencontrar la idea de nación boliviana, con todas sus diferencias, fue la guerra del Chaco. Sin la guerra, sin duda alguna seríamos otros. Fue la única guerra moderna en Latinoamérica en el siglo XX. Una guerra atroz que nos cambió para siempre. El cuadro de Guiomar Mesa: abandonado sin comando, ni refuerzo… es conmovedor. Es un sello identitario de nuestra oquedad, una fotografía inolvidable. Todavía la tengo en la garganta. Y, claro, no olvidemos que Bolívar no es solamente Charcas y que Charcas es más vieja que la Colonia y que Bolivia.

GL: Causa espanto advertir que la pobreza de la gente en la Colonia continuó en la República y está presente en el Estado Plurinacional. Inclusive pobreza extrema, debemos decir. Es un hilo conductor espeluznante, pero común en toda América Latina, a excepción de Costa Rica, seguramente. ¿Qué origen tiene? ¿Cuándo comenzó? Y, si te queda ánimo, ¿ha de concluir a este paso?

FC: Pobreza y desigualdad son dos fenómenos inseparables. Nuestra región es la más desigual del mundo y más del 70% de los latinoamericanos sienten que vivimos en una sociedad injusta. Algo se avanzó, pero si no se hace sostenible la igualdad y la disminución de la pobreza con competitividad, los avances, que desde luego están bien, son limitados. La pobreza también puede entenderse según el significado del lenguaje.Si es occidental viene de pouverta, que es el que no trabaja, el que recibe bajos ingresos. Ahora se ha complejizado más, por ejemplo, con la noción de pobreza multidimensional. En realidad, no es lineal, depende del momento y las circunstancias. En quechua es diferente, “pobre” es wakcha, que significa el que está solo, el que no tiene familia, el que no tiene amigos, el que no tiene lazo social. Te imaginas medir la pobreza en quechua… No nos iría tan mal. También hay en el mundo fenómenos interesantes para la región, como Kerala en la India, que no tiene gran desarrollo, pero predomina una significativa igualdad.

Ahora estamos trabajando la idea de derechos humanos como una categoría abierta pero indivisible y asociada con la dignidad de las personas y colectividades. Por cierto, en Costa Rica, en la época colonial, no había grandes haciendas.

GL: Tú apuntas, Fernando, con Castells, en el libro “La nueva América Latina” (2021), que “los pueblos tienen extrema desconfianza hacia las élites económicas y políticas”. Esa desconfianza se origina con la fundación de las repúblicas. En la “vieja” América, quiero decir. Este tema nos deriva casi de inmediato a la corrupción, ¿no es verdad? De allí derivamos al Estado que corrompe, al Estado que se deja corromper…

FC: Hay ya casi un consenso generalizado entre los estudiosos de las elites en la región que su cultura y su práctica a lo largo de los años tuvieron un enorme peso y responsabilidad en el subdesarrollo de país. Los “Jorges” Sabato y Schvarzer, en un estudio sobre las elites en Argentina, analizan cómo estas tuvieron casi siempre tanto el poder económico agrario, financiero, comercial como los ministerios de Economía a lo largo del siglo XX. ¿Quiénes fueron los ministros de Economía en Bolivia en los últimos 100 años? Asimismo, con las elites políticas sucede algo semejante. Incluso en los clásicos estudios del liberal Robert Dhal se argumenta que, si se desea avanzar por los caminos de la democracia, se necesita de elites políticas éticamente consistentes con ella. Es decir, en nuestros países no hay minorías consistentes ni en la ética política ni en economía, y su comportamiento, no el único ni de todos ellos, constituye un rasgo fundamental de nuestra debilidad histórica estructural que nos impide navegar contra el viento.

GL: No es posible negar los cambios positivos de la vieja a la nueva América Latina (s. XXI), sin embargo, como tú afirmas la escuela es casi universal, pero de mediocre calidad; la salud es casi universal, pero precaria en medios; y, diría, la universidad es de acceso democrático, pero apenas titularizadora. Faltaría decir algo de la vivienda… pero en general así estamos, ¿verdad? Se han dado grandes pasos (no contundentes) en estos temas esenciales…

FC: La historia no es lineal ni ascendente. Está llena de idas y venidas. Y en política no hay nada irreversible. En política lo único absoluto es lo relativo. Con la caída del 52 en medio de una brutal descomposición del MNR vino un periodo largo de restauración (a medias). En la época de Allende se decía que la reforma agraria era irreversible y con Pinochet volvió un poder agrario renovado. Aunque también es verdad que hay logros que se instalan en la vida de manera sustantiva como los valores de autonomía, alteridad, igualdad, dignidad, etc. Creo que es fundamental valorar nuestras propias capacidades y potencialidades centradas en las personas y no en los recursos naturales. Hace años Ul Haq, junto con Sen, fundador del paradigma de desarrollo humano, vino a Bolivia y me pidió que lo lleve a conocer El Alto y pasamos un par de días conversando con la gente en talleres, cooperativas, mercados, etc. En esos días el presidente lo invitó a almorzar y le preguntó lo mismo que tú sobre pasos esenciales. Ul Haq respondió que el gas o las minas o los granos eran sólo medios, que lo fundamental eran las personas y sus capacidades y que él había encontrado en El Alto lo mismo que halló en Corea del Sur en los 50 cuando colaboró con la estrategia de desarrollo de ese país. Habilidades y potencialidades únicas, con potencialidades informacionales, y que lo mejor que Bolivia podía hacer era invertir en el desarrollo de esas habilidades y en la vocación de trabajo de esas personas.

GL: A muchos nos pone contentos que la cultura patriarcal se esté achatando y emerja, cada vez con más nitidez, la mujer y sus roles en la sociedad. “Este siglo será para ellas”, opinó el escritor mexicano Carlos Fuentes. El cambio es alentador en la América Latina de este siglo. A la par de importancia, se advierte el retroceso de la religión católica y el avance de las evangelistas. El mismo Dios, pero con cultos matizados por otras lecturas de su palabra. Son dos temas maravillosos por inquietantes…

FC: Sí, estoy de acuerdo con Fuentes, pero no sólo las mujeres, sino en general las relaciones de género como las propuestas del movimiento LGBTQ. Pero también de los ecologistas, donde las culturas originarias y de afro descendientes de América tienen mucho que aportar y de manera transversal. El movimiento por una ética política en la vida impulsada en “redes de indignación y esperanza” de jóvenes en gran parte del mundo, como la denominó Castells, es otra fuerza de cambio. Es necesario reinstalar un nuevo horizonte de vida lo más intercultural posible. Pasar de lo multicultural a lo intercultural. Aquí fortalecer la alteridad es un tema crucial, porque también aumentan nuevas y viejas fuerzas ultrarracistas y conservadoras. ¿Es posible una utopía de lo posible? Por otro lado, las éticas religiosas son diferentes y sus usos y resultados también. Personalmente, creo que lo que hay que valorar es la ética de la creatividad, la innovación de los valores centrados en la dignidad y la alteridad de las personas y sus comunidades. En suma, igualdad entre diferentes. Una democracia, hoy también en crisis en todas partes, pero sueño que esta vez descanse en una genuina comunidad de ciudadanos. No es fácil, pero hay fuerzas que ya caminan.

GL: ¿Cómo es el joven latinoamericano actual? Él viene de la mano firme del internet. Diríamos, en tus palabras, de la cultura de la “tecnosociabilidad” centrada en una autonomía individual, núcleo de una cultura emergente. Qué lejos está del joven de la Colonia y del joven de la República, da escalofrío. La tecnología actúa como garrocha, brinca limitaciones y lo deposita… ¿en el mundo moderno? ¿Qué contradicciones acompañan su desplazamiento

FC: La cultura de la tecnosociabilidad tiene muchas caras luminosas y oscuras y se expresa en varias dimensiones de la vida cotidiana: trabajo, estudio, sexo, deportes, política, diáspora, etc., y que hoy se ha multiplicado en la galaxia del internet por el poder del corona virus. La gente, y sobre todo los jóvenes, la usan como ámbitos de otras formas de ser y conocer, plataformas donde se ponen en juego valores, se construyen identidades, se gestionan conflictos y se expresan sensibilidades. Claro que son espacios sociales y culturales particulares, pero con potencialidades de comunicación global. Los jóvenes mapuches de la Patagonia, por ejemplo, se comunican en red con los Sioux de EEUU para hacer reclamos por la contaminación del fraking en sus territorios. Los jóvenes revalorizan la familia y hacen un pacto familiar con sus padres y no reniegan de su pasado. Una parte significativa busca más igualdad, otra es profundamente individualista y consumista. Son más prácticos y piensan sobre todo en el corto plazo. Enfrentan el tiempo atemporal del instante eterno y la redefinición del espacio, buscan nuevas formas de seguridad humana fortaleciendo la convivencia pública, tienen una nueva cultura para gestionar los conflictos en la red. Y, sobre todo, manejan los códigos de la información. Ya no basta leer y escribir. Son culturas espontáneas, virales, policéntricas, rizomáticas, etc., etc. En fin, son la nueva generación.

GL: La mala noticia respecto a nuestro joven latinoamericano proviene de la acechanza del narcotráfico, de su criminalidad y de su consumo. Este crimen organizado atraviesa todo nuestro territorio, nuestras instituciones, mancha a nuestra población y la somete al miedo absoluto. Este tema es central en la América que nos toca vivir. Entiendo que estarías de acuerdo en discutir su legalización dado que la represión ha fracasado durante décadas…

FC: Claro. Habría que pensar en un complejo proceso de legalización, pero en lo real lo encuentro muy pero muy difícil, pues la economía criminal sobre todo descansa en el poder del mercado comercial y financiero global y en una lógica del consumo que compensa frustraciones y aspiraciones y la ausencia de sentido de la vida de mucha gente. Como tú sabes, se lavan por cocaína entre 300 a 500 billones de dólares por año en Europa. Es impensable el capitalismo global, particularmente financiero, sin esa forma de acumulación. Junto con el tráfico de armas y personas son las economías más rentables. El cambio no puede ser sólo nacional, sino de la política y la ética global, y no de la miserable rentabilidad de los ultramercantilistas. Es una cuestión de poder de pocos y no de racionalidad humana. Ojalá se pueda hacer cambios institucionales en esos marcos, pero creo que son muy difíciles de lograr. Nuevamente esto tiene que ver con la cultura de las elites, esta vez globales. El libro “Cero Cero” del periodista Roberto Sabiano o el de “Mc Mafia” de Glenny son buenas referencias. Tú conoces como escritor esos relatos. La literatura policial fue y es una contribución fundamental para entender el narcotráfico global, ha contribuido para entender esa realidad tanto como los informes de NNUU.

GL: Hemos pasado del neoliberalismo al neodesarrollismo estatal con malos resultados. Tú indicas que lo primero excluyó a los más, y lo segundo, diría, despilfarró el dinero de todos. Ambos modelos crearon su propia corrupción, que es siempre lo peor. Yo siento que en Bolivia hoy, 2020, no tenemos plan. Tal vez, sólo el necesario reingreso al pleno Estado de derecho. ¿Qué piensa la academia política de nuestra situación actual?

FC: A mí me parece que en Latinoamérica aún no hemos aprendido a navegar contra el viento. Esto es, a vincular equidad con competitividad y sostenibilidad, por un lado, y democracia e instituciones con pluralismo y alteridad, por otro. O somos productivistas, extractivistas y creemos en el goteo o somos distribucionistas, justicieros y, al final, las dos orientaciones fracasaron. Creo, por otro lado, que el Estado de lo público, con mucha fuerza en lo local, es un factor fundamental. No olvidemos que hay una relación integrada entre sociedad, economía y Estado. Y eso sólo lo pueden lograr los propios actores con altas capacidades de transformar metas en realidades. En un estudio del Mercosur descubrimos que las mujeres jóvenes tenían, en todos los estratos, mayor capacidad de agencia que los hombres. Y claro, todo esto supone además que se cumpla la ley…

GL: Es desconcertante que América Latina haya retrocedido tanto en el firme apoyo que se necesita expresar a la democracia. Se indica que la razón estriba en sus limitados logros económicos. Desde la Colonia, la república y hasta los actuales días ni siquiera hemos podido generar trabajo formal para todos. La gente vive por iniciativa propia en los confines de la patria, sin presencia real del Estado. Al mismo tiempo, la población crece. ¿Qué conductas deben cambiar en el Estado y en las élites económicas? ¿Qué nos falta comprender?

FC: Es cierto: el Estado en Latinoamérica ha fracasado, pero como decimos en el libro se ha alejado de la nación para integrarse a la globalización, si no corría riesgo de perecer. Como ya afirmé, la cuestión es la construcción del Estado de lo público en función de la sociedad y como regulador del mercado. Pero es fundamental decir que por ahora no hay respuestas en ninguna parte que además sean adecuadas para nosotros, de ahí la imperiosa necesidad de promover la cultura de la creatividad. No habrá desarrollo ni democracia si no sabemos navegar contra el viento, si no se promueve las habilidades y autonomía de los jóvenes y su capacidad de acción informacional, ecológica en función de la dignidad de las personas. Además, creo fundamental revitalizar una mentalidad latinoamericanista ecológica, informacional, científico-tecnológica y práctica para poder tener una palabra más fuerte en el mundo global, y eso nos toca hacerlo sólo a nosotros. Nadie te regala poder.

GL: Por último, querido Fernando, quisiera saber qué opinas de lo dicho por Santiago Blanco, expolicía, pero investigador de raza en palabras de César Luis Menotti: “Es enorme el poder de destrucción que impera en el mundo”.

FC: Ambos pertenecen al Kultur pessimismus, ni modo. Sin embargo, creo que son unos grandes defensores de la ética de la vida. Al menos Blanco. Quizás en el mismo sentido del minero Juan Lucio, estudiado por la neoyorkina June Nash: él se rebelaba contra la explotación, sin duda alguna, pero tenía un profundo orgullo de su trabajo, de la ética de un trabajador minero. Eso le daba dignidad. Santiago Blanco nos enseña a reírnos de nosotros mismos y del poder chenkoso. Estoy convencido que por ahora es la mejor forma de tomarse la vida en serio.

 

Fuente: Los Tiempos

Compartir este artículo...
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Email this to someone
email