El cantor migrante: Alfredo Domínguez Romero

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Alfredo Domínguez Romero fue un músico, cantautor y pintor boliviano. Es considerado como el mejor guitarrista de música folclórica de Bolivia del siglo 20. Nació en Tupiza-Bolivia un 9 de julio de 1938. Además de musico fue artísta plástico, con múltiples obras inéditas y también incursionó en el mundo del cine su obra “Sangre de Condor”.

Alfredo cumpliría este 9 de julio 81 años. Hubiera sido un abuelito feliz, tranquilo, chanceador, con la sonrisa sincera en el rostro, la pausa necesaria al hablar, el humor y la anécdota florecida.

Nacido en la bella Tupiza en 1938, en el seno de una familia muy humilde, vivió solo 42 años. Su papá era carpintero, su mamá vendía dulces y helados, Alfredo ayudaba, era hijo único. Podríamos considerar una primera etapa los primeros 20 años de su vida entre su tierra y la Argentina, era un niño rebelde, dicen los que saben que sufrió violencia y discriminación de un profesor; agarró su maletita a los 12 años y se fue para la Argentina con un circo, integrándose luego a la zafra.

En esas fogatas de trabajadores golondrinas conoció el hambre, la lucha y la guitarra, experiencia expresada posteriormente en la bella canción Éxodo, del emblemático disco Vida, pasión y muerte de Juan Cutipa (1969), que contiene 12 piezas, cada una con su respectivo oleo. Tras la desesperada búsqueda paterna, retorna a Tupiza con la Policía, directo a la plaza a vender dulces. A los 15 años integra la estudiantina del Prof. José Ortega, en ese contexto empieza a tocar piezas de Tarrega y Sor, repertorio clásico que le deja un trémolo cristalino, glissandos expresivos, un sonido potente.

Más tarde, Alfredo le dará a estos recursos técnicos su propia identidad. Cuentan los que saben que su papá lo vio de la ventana ensayando con la estudiantina prohibida, Alfredo salió corriendo a casa, se metió debajo de la cama, ante su asombro, el padre le ofreció hacerle una guitarra si se comprometía a no meterle a las copas. No volvió al colegio, decidió cumplir su servicio militar en Tarija, parece ser que es allí donde le agarra la vinchuca traidora dejándole el chagas mortal.

Una segunda etapa, su estadía en La Paz, migración interna en la década de 1960, fundamental en su obra y oficio musicales. Era un gran arquero del Club Huracán de Tupiza, llega a La Paz con la intención de integrarse al Bolívar; se dice que Liber Forti, hombre de teatro, intelectual del pueblo y stronguista (chiste), le aconseja optar por la guitarra.

Cuenta su esposa, Gladys Cortés, que Alfredo estaba en La Paz, sin trabajo y sin guitarra. Es noviembre de 1963, se realiza un acto de residentes  en homenaje a tupiceños sobresalientes, se condecora al gran futbolista Víctor Agustín Ugarte, gloria de la época; entonces se llama a Alfredo al escenario, los residentes le regalan de sorpresa una guitarra del célebre Luthier Rivas: el músico pasmado llora de emoción, pues realizaba actuaciones en radio El Cóndor y radio Méndez con guitarras prestadas. Gladys también relata que Alfredo tenía ya en ese momento unas 50 composiciones, tanto instrumentales como cantadas, pero no le gustaba su timbre de voz, por eso su primer disco autofinanciado de cuatro canciones tiene el apoyo de una cantante.

En 1966 se abre la Galería Naira comandada por ese gran hombre Don Pepe Ballón; al lado de la galería de la calle Sagárnaga había una salita vacía donde Alfredo ensayaba, fue allí el gran encuentro histórico con el célebre charanguista Ernesto Cavour, paceño y vecino de la zona, sumándose el antropólogo y quenista suizo Gilbert Favre: nace un trío notable, base de lo que serían Los Jairas. La salita se volvió la Peña Naira, epicentro de estos músicos valiosos.

Esta década es muy fértil para Alfredo, aporta a la guitarra mundial con sus propuestas sonoras, inventa articulaciones propias, sonidos que emulan al erke, la caja, el charango, el pinkillo, los cerros colorados lo pueblan. Las piezas Por la quebrada y La pastora, hits de 1969, son referentes de la época. Es fundamental el encuentro con Violeta Parra, quien llega una noche de ese 1966 detrás del amor perdido del Gringo bandolero que ya se había casado; Violeta actúa en la Naira muy triste, escucha a Domínguez y le aconseja para siempre no renegar de su timbre de voz y del canto.

Entonces nace Juan Cutipa, hito de la música popular boliviana, en forma de suite muy personal es un autorrelato de vida, migraciones y sobrevivencia. Canciones sentidas, como la emotiva y compacta Rosendo Villegas Velarde, contrastan con el humor hualaycho y juglar de Sí, señora, soy un indio, sencilla pero profunda crítica al racismo europeo.

La tercera y última etapa, la década de los 70, encuentra a un Alfredo migrante en Suiza, con esposa y dos hijos, desarrolla su talento como artista plástico en Ginebra, dando conciertos exitosos con su guitarra de fuego. Artista natural, junto al grupo Los Jairas, consolida el denominado neofolklore andino; sin embargo el tupiceño no integra el grupo.

Alfredo Domínguez es un gran referente de la música popular latinoamericana. Hay que destacar el trabajo de transcripción de la guitarra de Alfredo que realizó el maestro tarijeño Fernando Arduz, que logra incorporar el repertorio Domínguez a los centros académicos musicales. A mí me salva la vida en Japón, cuando mi productor nipón propone en 1990 que, dentro de mis conciertos, toque 30 minutos de guitarra latinoamericana; no tenía nada de Bolivia y conozco Por tu senda, pieza instrumental que interpreté como obertura de mis presentaciones por una década. Tuve el honor de tocarla en Ginebra en 2007 en presencia de la bella Gladys.

Alfredo. Es una guitarra de sonido potente, de las cultivadas sin micrófono ni accesorios eléctricos. En la mano derecha se nota una posición más bien clásica, la diferencia del tirando con el apoyando —fundamental en el sonido guitarrístico acústico— es aplicada. Tiene un trémolo perfecto.

Los ritmos propios hacen de ésa, una mano única, la de los rasguidos polirrítmicos del famoso tema Zapateo. Esa mano inventa timbres novedosos, el anular y el índice realizan melodías en armónicos. La mano izquierda se desplaza con seguridad, sobre todo en los glissandos que evocan paisajes andinos, a veces toca sola, ella misma emite los sonidos percutiendo las cuerdas, mientras la otra mano juega con la caja.

La coordinación de ambas impresiona hoy al escuchar Agonía del ave, una composición de Alfredo de gran sensibilidad; el aleteo herido del ave se logra con ambas manos, de pronto la derecha va hacia el clavijero tocando las cuerdas inusuales de las clavijas, simultáneamente la izquierda tamborea los últimos suspiros de esta ave cazada por el niño Alfredo, aquel de Viva Juancito y su guardapolvo polvoriento aprendiendo a escribir con la honda bajo el brazo.

En la pieza Por la quebrada, Alfredo despliega toda su artillería técnica novedosa, genera una síntesis sonora del paisaje valluno que se va volviendo andino, allí están los recursos tímbricos y de articulación concebidos por el maestro, como aquel dedo de la mano izquierda “pisando” entre las cuerdas 5 y 6 que produce la caja.

Resaltar la gran influencia de Atahualpa Yupanqui en la guitarra de Alfredo, a tal grado que Ernesto Cavour le solicitaba dejar de tocar tanto al argentino y más bien ocuparse de su propia música. También la guitarra de Alfredo expresa el influjo en varios pasajes de aquellas terceras sentidas de la guitarra quechua ayacuchense, con sus sextas en vibrato.

Como cantautor, Alfredo ha creado clásicos muy particulares, por ejemplo en Vida, pasión y muerte de Juan Cutipa (1969), joya de la música popular boliviana, las canciones nos llevan de la alegría del Villancico y la Navidad rural a la profunda tristeza de Cutipa convertido en minero y muerto por la copajira. Pero nos alegra en súbito con el juglar hualaycho en El perro, bailecito pícaro dedicado a los chapis hippies.

Un descubrimiento personal: la relación de Alfredo con el tinku, esos charangos metaleros de Potosí se escuchan en el fondo de El niño indio y también en Indio borracho, solos de su década paceña.

En cuanto al Alfredo de cámara, me refiero ahora al encontronazo. Debió ser por 1965 cuando Alfredo Domínguez y Ernesto Cavour se encuentran por la calle Sagárnaga, los dos virtuosos veinteañeros empiezan a tocar como si se conocieran desde siempre, traían lenguajes milagrosamente similares; Alfredo subía desde el sur de Bolivia, Cavour bajaba con su charanguito desde el barrio de Ch’ijini, de la calle Gallardo, epicentro de la Fiesta Mayor de los Andes, la fiesta del Jesús del Gran Poder, iniciada en 1905.

Ese charango de quirquincho y esa guitarra criolla hacen el amor con toda sinceridad, los ensayos formaban directo el repertorio, dos genios naturales y virtuosos se dieron el encontronazo, son nuestros Lennon y McCartney, nace el sonido del denominado neofolklore, es solo escuchar Tusana, composición de Cavour, track 10 del LP Grito de Bolivia; este disco instrumental podría haber sido dúo nomás sin ningún problema, pero deciden formar taypi con un tercero en la quena, el antropólogo belga Gilbert Favre, quien había estado un año por Chile investigando su cultura popular.

En 1966, con la apertura de la Galería y Peña Naira, el trío Domínguez, Cavour y Favre se asienta y genera unos tres LP de gran valía. Volviendo al dúo, es increíble el parecido en la manera de cantar, en el timbre de voz y la intencionalidad vocal de Alfredo y Cavour, es increíble cómo estos dos hombres nacidos y separados por cientos de kilómetros cantan y muchas veces no se sabe quién es cuál, como en El jilguero, grabada por el dúo en 1966.

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¿Dónde están los investigadores musicales bolivianos?, ¿Por qué no escriben sobre estos genios de una manera sistemática y profunda?, ¿Dónde andan los musicólogos y “ociólogos” del país que nos obligan a escribir con puro riesgo de intuiciones? Incluso parece que ya me equivoqué, me llamó un cuate de Tupiza diciendo que Rosendo Villegas Velarde no es composición de Alfredo, como afirmaba en el anterior escrito. Queda la duda. En fin, se hace lo que se puede en un espacio y conocimiento tan limitados.

Menos mal que existe el internet que muestra algo de estos genios musicales que no solamente engendraron identidad sino bolivianidad, su trabajo artístico fue tan potente que dio luz a identificaciones ajenas: en Perú, Chile, Argentina pueden verse a cientos de imitadores de Alfredo y Cavour (y del consecuente grupo Los Jairas) que ejecutan plagios escudados en el concepto de música andina.

Un milagro: usted puede escuchar al maestro Cavour los sábados en el Museo de Instrumentos Musicales de la calle Jaén, junto a la guitarra muyu muyu (invento del maestro), interpretada por el notable Franz Valverde, y la quena bendita de Rolando Encinas, en una reencarnación superada de aquel trío histórico.

Muerte

Alfredo Domínguez padecía desde muy joven de la Enfermedad de Chagas, conocida como la enfermedad de los pobres, fallece el 28 de enero de 1980, por causa de un Infarto cardiaco , en Ginebra, Suiza cuando jugaba un partido de fútbol junto a sus amigos a la edad de 42 años.

El cuerpo fue repatriado y llevado a su Tupiza natal, donde sus padres, amigos y el pueblo entero lloraron su trágica pérdida. Un año después de la muerte, la familia del artista fundó en La Paz el Centro Cultural Alfredo Domínguez dirigida por Nelly Cortés, la institución tiene como uno de sus objetivos el difundir la Vida y obra del artista considerado en vida, por los críticos europeos, como uno de los 10 mejores guitarristas folklóricos del mundo.

Además, el Centro Cultural Alfredo Domínguez desarrolla investigaciones y promociona las danzas tradicionales de Bolivia. El trabajo de recuperación de sus obras, por artistas nacionales, tal es el caso de Suiza donde brilló con luz propia. Han transcurrido treinta y siete años de su muerte y la figura de Alfredo no sólo ha sido mitificada, sino que está presente a diario en las aulas del Conservatorio Nacional de Música, en las escuelas de música, academias, y otras instituciones que se dedican a la enseñanza de la música.

(LA RAZON)

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