Crónica de la construcción de la Gran Muralla china

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La Gran Muralla es símbolo incontestable de China. Sin embargo, su historia oculta millares de tragedias y presenta todavía infinidad de claroscuros.

China, año 215 a. C. El país está bajo el yugo de su primer emperador, Qin Shi Huangdi. Su última gran orden: construir una enorme línea defensiva contra los nómadas de las estepas del norte, que amenazan con sus incursiones la estabilidad del Imperio. En el lugar designado para esta gran muralla, un hombre cargado con un enorme bloque de piedra a su espalda cae al suelo exhausto. Un oficial se acerca y le golpea con dureza ordenándole que se levante. El hombre no se mueve. Ha muerto víctima del agotamiento. Ahora hay que enterrarlo. Sin embargo, en esta sociedad esclavista, incluso los muertos tienen su utilidad. El cuerpo del desdichado servirá como un elemento más de la muralla, será emparedado en su interior. Este el precio que exige la edificación de la Gran Muralla.

Aunque no todos los historiadores están de acuerdo, a Qin Shi Huangdi se le atribuye el mérito de haber ordenado la construcción de la primera Gran Muralla. Porque, aunque se habla en general de la Gran Muralla, en realidad no hubo una sola, sino varias. Se dieron diversos períodos de construcción a lo largo de un milenio y medio, y el trazado de esos muros se alteró en función de las necesidades.

Según la tradición, tras unificar su imperio en 221 a. C., el primer emperador de China ordenó a uno de sus generales, Meng Tian, la edificación de una gran fortificación a lo largo de su frontera septentrional. Sin embargo, la creación de murallas para proteger su nuevo imperio no fue en sí una novedad. De hecho, Qin Shi Huangdi se inspiró en una política practicada en el pasado. La existencia de líneas defensivas se remonta a varios siglos antes de su reinado, en especial al período previo, el de los Reinos Combatientes.

En esa época el territorio chino se hallaba dividido en diferentes estados, aliados o enfrentados entre sí según las circunstancias. Estos reinos levantaron muros para defenderse de sus enemigos, pero, además, los situados en la parte septentrional edificaron defensas para protegerse de los ataques de los pueblos nómadas de las estepas del norte.

Fue precisamente en este último tipo de defensas en las que se fijó el primer emperador para levantar su propia línea defensiva ante los ataques de los nómadas. Mandó edificar nuevas murallas, y en otros casos aprovechar las ya existentes y unirlas de tal modo que se formara un amplio nudo protector. Según la leyenda, dicha muralla mediría diez mil li. El li es una unidad que equivale aproximadamente a medio kilómetro. Es decir, que la Gran Muralla alcanzaría una longitud total de 5.000 kilómetros.

Y es aquí donde surge la tradición que asocia al soberano Qin con la Gran Muralla, pero también con su crueldad, una fama que se ha trasmitido de generación en generación en China y que le ha convertido en ser un temido y odiado. Su propia tumba, compuesta por miles de guerreros de terracota, es otro ejemplo del poder alcanzado por el primer emperador.

En el caso de la Gran Muralla, se dice que empleó a un millón de personas, muchas de las cuales dejaron su vida en el empeño. Entre los que trabajaron en su construcción figuraban desde soldados hasta campesinos obligados a abandonar sus cultivos y desplazarse al norte para satisfacer los deseos del Soberano. Además, estaban los condenados por el Estado. Bajo Qin Shi Huangdi, China se convirtió en un estado policial donde cualquier infracción de la ley estaba penada con duros castigos. No fue extraño que hubiera mucha mano de obra gracias a las condenas de trabajos forzados.

El objetivo acabar con los ataques nómadas, que se habían hecho muy difíciles de evitar por la extrema movilidad de los jinetes de las estepas.

El impulso de una barrera tan larga tenía como objetivo acabar con los ataques nómadas, que se habían hecho muy difíciles de evitar hasta entonces por la extrema movilidad de los jinetes de las estepas. Algunos historiadores han sugerido que las consecuencias de la construcción de la Gran Muralla se dejaron sentir en lugares tan distantes como Occidente. Así, pueblos nómadas que no pudieron atravesarla optaron por dirigirse al oeste. Uno de ellos sería el de los xiongnu, cuyos descendientes, entre los que se encuentran los hunos de Atila, llegaron hasta Europa y contribuyeron a la caída del Imperio romano.

Sea como fuere, tras el derrocamiento de los Qin en 206 a. C., dinastías posteriores continuarían su labor reparando o extendiendo la Gran Muralla e incluso alterando el circuito original. Sin embargo, no será hasta un milenio y medio más tarde cuando esta imponente línea defensiva cobre de nuevo especial relevancia.

Los verdaderos artífices

Si a Qin Shi Huangdi se le asigna la idea de la Gran Muralla, los Ming fueron los que le dieron las impresionantes dimensiones que actualmente pueden contemplarse al visitarla. Hasta la llegada de esta dinastía, que se mantuvo en el poder del siglo XIV al XVII, las referencias a la Gran Muralla habían sido escasas en las obras escritas chinas. Fue citada por grandes historiadores como Sima Qian y Ban Gu, aunque superficialmente. Ello indicaría que se trató hasta entonces de una línea defensiva sin excesiva importancia y cuya utilidad había decrecido con el paso del tiempo.

Bajo los Ming, en cambio, la Gran Muralla recobró el peso perdido durante los siglos previos. Se la restauró siguiendo los antiguos fundamentos y se la preservó en buen estado a lo largo de sus miles y miles de kilómetros. De hecho, la muralla de los Ming supera incluso las dimensiones establecidas en tiempos del primer emperador. Se extiende desde Shanghaiguan, al borde del golfo de Bohai, en la costa oriental del país, hasta Jiayuguan, impresionante fortaleza que pone punto final a la histórica defensa, ya en las zonas desérticas de la provincia de Gansu. En total, recorre 6.000 kilómetros de territorio chino. No es extraño que su nombre original en chino sea changcheng, la “larga muralla”. Por su recorrido serpenteante se ha asociado su imagen a la de un enorme dragón, el símbolo de la monarquía imperial en China.

La nueva dinastía optó por un sistema defensivo más resistente, de forma que se agrandaron también sus dimensiones. En la parte central y oriental, que es la más importante y un bello ejemplo de arquitectura Ming, la altura de las murallas alcanza casi los 10 metros. Cada 800 metros aproximadamente se alzan unas torres de guardia, y en diversos puntos a lo largo de la Gran Muralla figuran fortificaciones, habitadas por aquellas unidades militares que se encargaban de prevenir ataques enemigos y frenar cualquier intento de invasión del territorio chino.

Defensa y política

La construcción de una muralla que protegiera la frontera septentrional había tenido ante todo una función defensiva. Su ampliación al oeste por los Ming tiene una explicación lógica. Qin Shi Huangdi dominaba un imperio más reducido que el de los Ming, que heredaron los territorios conquistados por anteriores dinastías. Ahora el peligro no provenía solo del norte, sino también del interior de Asia, de las regiones situadas en la zona central del continente.

Los Ming llevaron a cabo campañas militares más allá de sus fronteras para prevenir las ofensivas de los pueblos vecinos y extender las fronteras del Imperio.

La construcción de la muralla iba acompañada de medidas como ataques sorpresa sobre los pueblos del norte. Como algunas dinastías anteriores, los Ming llevaron a cabo campañas militares más allá de sus fronteras para prevenir las ofensivas de los pueblos vecinos y extender las fronteras del Imperio. Ello fue especialmente importante en el norte, de donde procedieron la mayor parte de las invasiones parciales o totales del Imperio chino en los siglos anteriores a los Ming. La dinastía tenía muy presente este hecho. Los principales enemigos eran los mongoles, que habían dominado durante casi un siglo el trono del país.

Pero también se contaban motivos políticos en la edificación de la muralla. Durante el reinado del tercer emperador Ming, Yongle, a principios del siglo XV, tuvo lugar el cambio de capitalidad del Imperio de Nanjing (“la capital del sur”) a Pekín (o Beijing, la “capital del norte”). Entre las razones de dicho traslado figuraba la de controlar más de cerca la frontera norte, pero ello implicaba a la vez una nueva preocupación: la cercanía con los nómadas conllevaba la necesidad de reforzar las defensas de Pekín y de la Ciudad Prohibida, la residencia del emperador, que se estaba empezando a erigir.

El período de mayor construcción fue, sin embargo, la época de Wanli, a caballo entre los siglos XVI y XVII. La dinastía Ming entra en declive a partir de la segunda mitad del XVI. Los gastos imperiales van en aumento, pero son sobre todo los acontecimientos en el exterior, con las ofensivas cada vez más feroces de los mongoles y otros pueblos nómadas como los manchúes, los que impulsan al emperador a reforzar sustancialmente la línea defensiva del norte. El gasto militar se disparó y las consecuencias fueron importantes, porque el coste dejó a China en una delicada situación económica.

Las ofensivas de los mongoles y otros pueblos nómadas como los manchúes, impulsaron al emperador a reforzar sustancialmente la línea defensiva del norte.

De hecho, no fueron los nómadas los que derribaron a los Ming, sino una revuelta interna. En medio del caos, los manchúes, respondiendo a la llamada de algunos oficiales Ming, cruzaron sin problemas la Gran Muralla y llegaron a Pekín, donde aplastaron la rebelión. Sin embargo, una vez en China, los manchúes no se retiraron, sino que pasaron a ocupar el trono imperial. Nacía así la última dinastía china, la de los Qing. La Gran Muralla había dejado de tener sentido. En un curioso desenlace del destino, los Ming, aquellos que más habían contribuido a hacer de la Gran Muralla la defensa más importante de China, se convirtieron en la última dinastía propiamente china.

Centro del mundo

Aunque su función era principalmente militar, la Gran Muralla no era solo una línea defensiva, sino también una muestra de la actitud china hacia el mundo exterior. Para los chinos, marcaba la frontera real entre la civilización (representada por ellos mismos) y los “bárbaros”, es decir, aquellos pueblos (hunos, turcos, mongoles…) que amenazaban la estabilidad del Imperio del Centro. Este era el nombre que recibía China, cuyos gobernantes y habitantes se consideraban el centro del mundo, del único mundo civilizado.

La Gran Muralla servía también para fijar las diferencias entre dos tipos de sociedad: la formada por un pueblo sedentario que practicaba la agricultura y la nómada, que se dedicaba principalmente a la ganadería.

Solo por todas estas razones se explica que esta magnífica construcción haya sobrevivido tanto tiempo. Hoy, la Gran Muralla carece de la utilidad militar del pasado y ya no es objetivo de los “bárbaros”, sino del turismo, tanto extranjero como doméstico. Los chinos, en cualquier caso, muestran su orgullo por la capacidad de sus antepasados de levantar semejante obra magna, olvidando a menudo el dolor que provocó en ellos.

DANIEL GOMÀ / LA VANGUARDIA

Este artículo se publicó en el número 457 de la revista Historia y Vida. ¿Tienes algo que aportar? Escríbenos a redaccionhyv@historiayvida.com.

 

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