1816: cuando la Argentina pudo ser gobernada por un rey inca

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En un confuso ambiente de ideas y propósitos, en el histórico congreso se llegó a proponer una monarquía constitucional como forma de gobierno, regida por un rey inca. Crónica de un viejo proyecto que Belgrano desempolvó y que terminaría cajoneado por el centralismo porteño.


Manuel Blegrano aconsejó implementar una monarquía americana “atemperada”, y que el monarca surgiera de la dinastía de los Incas, que habían sido desplazados por los españoles 300 años atrás

 

No debió ser sencillo gobernar las Provincias Unidas del Sud, y menos por 1816. Buenos Aires, sede del Directorio a cargo de Juan Martín de Pueyrredón, estaba temerosa de una invasión portuguesa al Río de la Plata. José Gervasio de Artigas se había hecho fuerte en la Banda Oriental y en las provincias del litoral y enfrentaba abiertamente al centralismo porteño.

En Europa el Congreso de Viena anunciaba el regreso de las monarquías absolutistas y sabían que Fernando VII pretendía retrotraer la situación previa a 1808 y enviar una expedición a recuperar sus colonias. Además, el ejército español estaba a pocas leguas de donde se estaban desarrollando el congreso, cuyas deliberaciones habían comenzado el 24 de marzo.

Fue clave la reunión secreta del 6 de julio de 1816, en la que Manuel Belgrano -recién llegado de Europa- expuso a los congresales sobre la situación política del otro lado del océano. ¿Qué es lo que habían ido a hacer a Europa?.

Monarquía se busca

En diciembre de 1814, Bernardino Rivadavia y Manuel Belgrano se embarcaron a Europa en misión diplomática. Debían conocer, de primera mano, la posibilidad de una expedición militar española al Río de la Plata y tratar de reunirse con personalidades influyentes de las distintas cortes europeas para lograr el reconocimiento del proceso revolucionario iniciado en 1810.

En Londres ambos enviados se encontraron con Manuel de Sarratea que, siguiendo también instrucciones del gobierno, estaba realizando gestiones en la corte de Carlos IV para lograr la postulación de su hijo, el Infante Francisco de Paula como rey de las Provincias Unidas del Río de la Plata y de Chile. Pero con la derrota de Napoleón en Waterloo, Carlos IV se quedó sin su protector. Pretendieron, entonces, negociar con la nueva corte, pero sin suerte.

La casa de Tucumán en la foto histórica tomada por Ángel Paganelli en 1869

 

Por su parte, Manuel García, enviado del director supremo Carlos María de Alvear obtuvo una negativa de Lord Strangford cuando le mencionó la posibilidad de un protectorado británico. “Todo es mejor que la anarquía”, se sinceró García. El diplomático no bajó los brazos y sondeó a la corte brasileña. Sin embargo, cuando Pueyrredón asumió el Directorio, aseguró que “sólo un príncipe francés puede asegurar la felicidad de mi país (…) es el único que puede convenir a la América del Sur”, aunque estaba convencido que Francia, de fuertes lazos con España, no accedería.

En medio de esta incertidumbre, debían sesionar los diputados en San Miguel de Tucumán.

“Lloré e hice llorar a todos”

Manuel Belgrano, que había llegado a la capital tucumana el 5, les relató a los congresistas las novedades políticas del viejo continente. Dijo que el fracaso de las repúblicas en Europa le había abierto la puerta nuevamente a los reyesArgumentó que Gran Bretaña, con su monarquía constitucional, era un modelo a seguir. Aconsejó implementar una monarquía americana “atemperada”, y que el monarca surgiera de la dinastía de los Incas, que habían sido desplazados por los españoles 300 años atrás.

Según las memorias del propio Belgrano, en esa sesión “yo hablé, me exalté, lloré e hice llorar a todos al considerar la situación infeliz del país. Les hablé de la monarquía constitucional con la representación soberana de la Casa de los Incas: todos aceptaron la idea”.


¿Quién hubiera sido el elegido como Rey? Pensaron en Juan Bautista Tupac Amaru Monjarrás, hermano de José Gabriel Condorcanqui Noguera, también conocido como Tupac Amaru II; en el canónigo Juan Andrés Jiménez de León Moncocapac, un inca que había viajado a España a que se le reconociesen sus títulos nobiliarios incas; y en Dionisio Inca Yupanqui, quien llegó a integrar las Cortes de Cádiz como representante del Perú.

Según refiere el historiador Rosendo Fraga, la idea de un rey inca no era nueva en estas tierras. Ya en 1798 el venezolano Francisco de Miranda ya la había propuesto al primer ministro británico William Pitt, en el que el monarca estaría apoyado en dos cámaras, la Alta, compuesta por nobles y la Baja, con representación popular.

El mismo Fraga brinda señales de que este proyecto hacía tiempo estaba en carpeta de los que habían iniciado el proceso revolucionario en 1810. Entre ellos, destaca que la Asamblea del Año XIII había abolido la mita, la encomienda y el yanaconazgo, sistemas de explotación laboral con que los españoles sometieron a los indígenas. En el mismo sentido, en los símbolos patrios también pueden rastrearse indicios al respecto, como en la segunda estrofa de la letra original del Himno Nacional, donde se lee “… se conmueven del Inca las tumbas, y en sus huesos revive el ardor…”, mientras que en el escudo se incorporó el sol incaico.

El día 12 Manuel Antonio Acevedo propuso incluir en los debates la iniciativa de Belgrano, y solicitó designar a Cuzco como la capital de ese reino. El diputado Gazcón propuso que la capital fuese Buenos Aires, mientras que Tomás de Anchorena, diputado por Buenos Aires, se inclinó por la federación de provincias como forma de gobierno.

El proyecto tuvo el beneplácito de José de San Martín quien, enfrascado en los preparativos del cruce de Los Andes, presionaba para que se declarase la independencia, y por Martín Miguel de Güemes, quien encarnaba la única resistencia real que paró, en la frontera norte, una decena de incursiones realistas.


El sanjuanino Fray Justo Santa María de Oro. Dijo que “América no se adapta a la monarquía; ni las ideas ni sus hijos son acordes a ellas: Para declarar la forma de gobierno era preciso consultar previamente a los pueblos”

Con esta iniciativa, se buscaba la adhesión de la numerosa población indígena del norte y además se especulaba que un rey inca provocaría la deserción automática de los indígenas que habían sido reclutados a la fuerza en el ejército español. Del mismo modo, pretendían debilitar a las fuerzas de Artigas, ya que contaba con muchos aborígenes entre sus filas.

La población indígena organizó fiestas callejeras y la algarabía fue indescriptible, cuando se enteraron que serían gobernados por uno de los suyos.


Juan Bautista Tupac Amaru II fue uno de los candidatos propuestos para convertirse en el Rey Inca

“Los indios están como electrizados por este nuevo proyecto y se juntan en grupos bajo la bandera del sol. Están armándose y se cree que pronto se formará un ejército en el Alto Perú, de Quito a Potosí, Lima y Cuzco. Doña Inés de Azurdui y Padilla, una hermosa señora de veintiséis años que manda un grupo de cuatrocientos indios en la comarca de Chuquisaca, ganó el mes pasado una victoria sobre los realistas, tomando una bandera y cuatrocientos prisioneros”, escribió en sus memorias el sueco Adam Graaner, quien fue testigo de las deliberaciones del congreso.

El primer freno de mano a esta medida lo aplicó el sanjuanino Fray Justo Santa María de Oro. Dijo que “América no se adapta a la monarquía; ni las ideas ni sus hijos son acordes a ellas: Para declarar la forma de gobierno era preciso consultar previamente a los pueblos”, y advirtió que si así no se hiciese, “pedía permiso para retirarse del Congreso”.

Candidatos

De prosperar esta moción, ¿quién hubiera sido el elegido? Pensaron en Juan Bautista Tupac Amaru Monjarrás, hermano de José Gabriel Condorcanqui Noguera, también conocido como Tupac Amaru II, quien a fines del siglo anterior había liderado una sublevación contra el dominio español y que estaba preso en una cárcel en Ceuta. También incluyeron en esa lista al canónigo Juan Andrés Jiménez de León Moncocapac, un inca que había viajado a España a que se le reconociesen sus títulos nobiliarios incas, y a Dionisio Inca Yupanqui, quien llegó a integrar las Cortes de Cádiz como representante del Perú y que se destacó por su defensa de los derechos de los indígenas y de la numerosa población negra que vivía en América.

“Callar el desprecio”

Cuando el Congreso se trasladó a Buenos Aires a comienzos de 1817, este proyecto perdió fuerza. Anchorena escribiría años más tarde que “nos quedamos atónitos por lo ridículo y extravagante de esa idea; le hicimos varias observaciones a Belgrano, aunque con medida, porque vimos brillar el contento de los diputados cuicos del Alto Perú y también en otros representantes de las provincias. Tuvimos por entonces a callar y disimular el sumo desprecio con que mirábamos tan pensamiento”.

Anchorena manifestó su oposición a erigir “a un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona, si existía, probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería…”.


Belgrano mostró su disconformidad: “Se han contentado con declarar la independencia, y lo principal ha quedado aún en el aire; de lo que para mi entender resulta el desorden en que estamos”

Por su parte, Belgrano mostró su disconformidad: “Se han contentado con declarar la independencia, y lo principal ha quedado aún en el aire; de lo que para mi entender resulta el desorden en que estamos; porque un país que tiene un gobierno, sea el que fuere, sin Constitución, jamás podrá dirigirse sino por la arbitrariedad; y aunque concedamos que éste sea dirigido por la más recta justicia, siempre hay lugar, no existiendo reglas fijas, para tratar de despótica la autoridad que gobierna”.

José María Serrano, diputado por Charcas, que se opuso a sus pares que defendían el proyecto del rey inca, fue el que propuso que el acta de la independencia fueran escritas también en aymará y quechua.

No habría una monarquía constitucional como sistema de gobierno, tampoco un rey inca. Se llegaría a 1820 a un estado dominado por la anarquía, y se dejaba atrás una década que había fluctuado entre el ensayo y el error. Y con la única certeza que se ignoraba hacia dónde se iba.

Fuente: Artículo publicado en INFOBAE

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