17 de julio de 1980: El golpe del ocaso de los militares en el poder

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El golpe de Estado de Luis García Meza y Luis Arce Gómez de julio de 1980. Testimonios inéditos hallados por la Comisión de la Verdad.

Este 17 de julio se cumplen 40 años del golpe de Estado comandado por Luis García Meza y Luis Arce Gómez. Aunque le sucedieron dos presidentes de facto más, Celso Torrelio Villa y Guido Vildoso, el régimen de García Meza es, se puede decir, el límite al que llegó el poder militar como gobierno, en perspectiva, su ocaso.

En lo que sigue, con base en testimonios de las víctimas y del trabajo de la Comisión de la Verdad (mal que bien, el mayor esfuerzo de investigación y documentación del periodo dictatorial de nuestra historia), Animal Político le ofrece algunos rasgos del golpe del 80.

Si hay una certeza de la asonada del 80, concluyó la Comisión que el golpe de García Meza fue una continuidad del régimen banzerista, una historia interna y propia de las Fuerzas Armadas. “Con Banzer fuera del poder, se genera un desbalance y una serie de disputas al interior de las Fuerzas Armadas. Esas diputas de las diferentes tendencias son las que van a dar la posibilidad de retomar por la vía no democrática (el poder), dando lugar a gobiernos de facto”, señala el sociólogo Fernando Rodríguez, exsecretario técnico de la Comisión de la Verdad.

Un continuum de la historia de los militares en el poder, pero en su fase degenerativa, en lo represivo y en su carácter delincuencial. No hay que olvidar que al golpe de García Meza le precedió el de Natusch Busch, en noviembre del 79. Pero, como lo apunta Rodríguez, también de alineamiento ideológico a la estrategia de derecha militar continental de la época: “Sí, pero no una historia militar solamente en torno a las Fuerzas Armadas en Bolivia, sino a lo que era el Plan Cóndor, proyecto de dominación estratégica que se había consolidado en ese momento. No es una actuación soberana de las Fuerzas Armadas sino que tiene relación también con líneas estratégicas a nivel regional”.

Ahora, el otro rasgo distintivo del régimen garcíamecista que propone reflexionar la Comisión es la continuidad del nuevo predominio del narcotráfico en el poder. En el texto “Memoria contra el olvido. Relatos testimoniales del golpe de Estado del 17 de julio de 1980” (Biblioteca Laboral del Ministerio de Trabajo, agosto de 2019) compilado por la Comisión de la Verdad, ésta afirma: “Si bien el gobierno de García Meza fue identificado plenamente con el tráfico de cocaína por lo que se lo conoció internacionalmente como el “Gobierno de los cocadólares” y a sus autoridades y ministros se los calificó como narcotraficantes, la relación de narcotráfico y política se inició en la década de los 60 y tuvo en el gobierno de (Hugo) Banzer su despegue ‘industrial’, habiéndose extendido esta relación incluso a periodos democráticos”.

Si en el gobierno de Banzer el sustento social eran las élites empresariales minera, bancaria y agroindustrial, con García Meza aparecen o se hacen más notorias las vinculadas al narcotráfico. En cuanto a los líderes de la asonada del 80, la documentación permite distinguir dos caracteres, remarca Rodríguez: el talante institucionalista duro de derecha de García Meza, y el carácter más bien oscuro, rayano en lo delincuencial de Arce Gómez. “No son lo mismo. Arce Gómez tenía una estructura muy sólida de relación con Klaus Barbie, quien actuaba como agente de la CIA; ambos, expertos en temas de inteligencia, muy conocedores de la psicología de los bolivianos, muy afectos al uso de la fuerza como forma de disciplinamiento.

Barbie desde que era miembro de Transmarítima Boliviana, empresa de transporte por barco, estaba ya ligado al narcotráfico, Arce Gómez era parte de eso. Lo que no pasaba con García Meza; éste también era de derecha, pero con un apego más fuerte a la institucionalidad de su carrera, era un militar duro, pero que no estaba metido en temas oscuros, a diferencia de Arce Gómez. Ahora, parecería que gobernaba Arce Gómez y García Meza estaba ahí con la imagen del general duro”, destaca el investigador.

Ahora, cuando en el golpe de Banzer el 71 se podía hablar de una práctica aunque breve guerra civil, en la asonada del 80 se puede hablar de “novedosas” formas de represión, ‘internacionales’, a tono con las de otros países, acaso más despiadadas y concentradas en la represión. En el asesinato de Luis Espinal, por ejemplo (que si bien ocurrió antes de la asonada, en marzo, es parte del proceso golpista), se debe ver, apunta Rodríguez, “exactamente el modelo de los asesinatos que se producían en Argentina por la Triple A: el secuestro, la tortura, el irlos a dejar en un lugar alejado; eso no era parte de la cultura boliviana; creemos que responde a lo que es la participación del Plan Cóndor; no con personal boliviano, aparentemente son argentinos a cargo de Barbie”.

Lo mismo se puede decir del uso de ambulancias y cementerios para ocultar a desaparecidos, destaca el investigador. Un verdadero hallazgo en este sentido, dice el investigador, es un documento militar (encontrado en los propios archivos militares) de planificación del golpe: Allí “específicamente se hacía referencia al uso de ambulancias, al uso de cementerios, una serie de elementos que eran parte de una planificación, anterior inclusive al golpe de noviembre, de Natusch; una planificación que tiene que ver justamente con todos estos elementos, que son parte del estilo de accionar del Plan Cóndor”.

Un hecho que ya fue revelado por la Comisión de la Verdad fue que los restos de Marcelo Quiroga Santa Cruz muy probablemente fueron sepultados en el mismo cementerio general de La Paz, con otro nombre, por la compra de nichos a cargo de un militar de la época; pero, he aquí el detalle, apunta la Comisión, en un nicho de los que luego los restos son retirados para luego ser destruidos si no hay familiar que reclame.

Pero ello es una hipótesis. Ésta es, precisamente, una de las deudas de la dictadura del 80: el destino de los restos de Marcelo Quiroga Santa Cruz y de José Luis Flores Bedregal. Aún se maneja aquí la probabilidad del uso de algún mausoleo militar, cosa que aún se debería investigar.

Pese a que la Comisión finalmente pudo ingresar a los archivos militares clasificados, una muestra de la apertura de la estructura militar a la investigación, apunta Rodríguez, de marzo a agosto de 2019, todavía hay muchas que se pueden profundizar, “la caja de pandora no se ha abierto todavía, se ha levantado la tapa un poquito y han empezado a salir cosas”, concluye el exsecretario de la Comisión.

También sigue siendo una cuenta pendiente el hallazgo de 26 desaparecidos, destaca el Informe sobre las desapariciones forzadas en Bolivia, elaborado por la Asociación de Familiares de Detenidos, Desaparecidos y Mártires por la Liberación Nacional (Asofamd).

Pero el golpe también se conoce por el testimonio de sus víctimas. Es lo que sigue.

Lo de las ambulancias, como la innovación represiva: “Allí prosiguió la cadena de asombros. Carros blancos nuevecitos con grandes cruces verdes pintadas en los costados. No estamos ni enfermos ni heridos todavía, pero las sirenas de las ambulancias truenan en el aire guiando la columna. Nosotros, apilados en el piso, amontonados como leña, encañonados, golpeados, silenciosos y circunspectos (…) Solo al acercarnos a la Facultad de Medicina parecen percatarse de lo grotesco de la situación… hacen señas y se gritan mutuamente: ¡Oculte su arma, cojudo! Vuelvo a sonreír para mi coleto; esto es un secuestro sin duda, pero cientos de personas tienen que haber visto el insólito espectáculo de una caravana de locas ambulancias con forajidos armados asomando por las ventanillas”: Carlos Soria, periodista que cayó en el asalto a la COB el 17 de julio de 1980.

“Alrededor de las 04.30 de la madrugada del viernes día 18 nos sacaron de la caballeriza descalzos, agachados, con las manos en la nuca, en fila de a dos y con algunos golpes. Nos hicieron entrar en ambulancias de la CNSS (Caja Nacional de Seguridad Social) de las que habían sacado las literas. Nos hicieron echar en el piso de la ambulancia, unas cuatro o cinco personas en cada ambulancia. Subieron a la ambulancia dos civiles armados de metralletas”. Claudio Pou, sacerdote jesuita, español (nacido en 1934).

Sobre la participación directa de argentinos:

“Uno de nuestros captores, el que tenía la iniciativa y ordenaba, era argentino, lo denunciaba su tonalidad y modismos al hablar, sus gestos, su apariencia toda a pesar de la máscara que cubría gran parte de su rostro, su cabello era rubio, lacio y tenía ojos celestes; hurtaba la mirada, ordenó meterlas manos en los bolsillos y cerrar los ojos, caso contrario, amenazó: ‘te meto un tiro al culo, barbón de mierda’.

Señalé que éramos periodistas y que teníamos nuestros papeles en orden, el gaucho replicó: ‘qué mierda me importa si sos o no periodista, ¿vos sabés lo que se puede ocultar detrás de esa barba?’ (…) Al pasar por el patio de honor (del EstadoMayor) vi “caimanes” de los que descargaban uniformes militares camuflados para desierto y cajas de armamento y/o municiones con el sello de FANARM o FANARMA (Fábrica Nacional de Armamento y Municiones de Argentina)”: Ismael Saavedra Menacho, exoficial de la Fuerza Aérea, periodista del canal universitario. Falleció el 6 de junio de 2019.

Sobre la especial atención en la represión a sacerdotes y religiosos:

“Durante cuatro días estuvimos los cuatro jesuitas solos en esta última celda. Un buen día entró el comisario acompañado de tres detenidos con cara de haberla pasado mal. Se nos dijo que eran sacerdotes y que iban a quedarse con nosotros. Apenas se marchó el comisario nos dimos un fuerte abrazo y empezamos a contarnos unos a otros los detalles de nuestra detención. Ellos eran salesianos, dos sacerdotes y un hermano. Uno de ellos trabaja pastoralmente en la zona norte del altiplano cerca de Carabuco, y los otros dos en la parroquia que tienen por la Ciudad Satélite.

Los detuvieron cuando iban a socorrer a un herido grave. Los detalles de la tortura no los cuento porque no me toca a mí hacerlo. Me limito solo a decir que fueron bárbaros, culminando los golpes con el último interrogatorio que tuvieron de más de tres horas a altas horas de la noche. Les obligaron a firmar “su declaración” con los ojos vendados. Al atardecer de ese día dos miembros más se sumaban a nuestra comunidad de la celda. Eran dos pastores metodistas, víctimas también de los caprichos militares del actual golpe, que ven subversión y comunismo en todo lo que es promoción humana”: Juan Enviz, sacerdote jesuita, español (nacido en 1931).

Sobre las condiciones de encierro:

“En cada uno de los apartamentos para los caballos estaban hacinadas las víctimas como si estuvieran muertas… Todos sobre el estiércol boca abajo, con el cuerpo estirado y con las manos cruzadas en la nuca, que además de la postura incómoda se obligaba así a tenerla boca sumergida en el estiércol”: Juan Enviz, sacerdote jesuita, español(nacido en 1931).

Sobre el atentado a la memoria histórica:

“Lo cierto es que, a nuestro arribo, nos hallamos en medio de gran cantidad de papeles y libros en completo desorden. A medida que pasaban las horas, con la llegada de más presos, nuevas cantidades de papeles eran arrojadas al patio para habilitarlas celdas.

En los breves momentos en que nos era permitido salir de ellas, generalmente para cumplir con nuestras necesidades fisiológicas, procurábamos coger un manojo de papeles que luego nos servirían para cubrirnos del frío o para hacer más soportable el duro piso de cemento desnudo donde dormíamos. Demás está decirle que también, de entre esa montaña de papeles esparcidos por todos lados, elegíamos los más adecuados para utilizarlos como papel higiénico.

Por otra parte, pudimos advertir que los carceleros que nos custodiaban hacían fogatas en el patio para calentarse durante las guardias nocturnas. (…) Cito esforzando mi memoria algunos de tales documentos: correspondencia entre el Legislativo y el Ejecutivo, innumerables legajos que se notaba estuvieron agrupados por años, recuerdo con claridad documentos firmados por el presidente Salamanca: informes escritos sobre diversos tópicos y de diferentes años. (…) Conocí a un preso que en cada salida al baño buscaba entre los papeles revueltos las firmas de los presidentes de la República; recuerdo, con toda seguridad, haber visto en esa colección firmas de: Daniel Salamanca, Hernando Siles, Bautista Saavedra, José Gutiérrez Guerra, Ismael Montes, José Manuel Pando y Mariano Baptista. Deduje que los documentos más antiguos pudieron ser de la época de este último presidente, aunque no podría aseverar la no existencia de otros, aún más antiguos”; Carlos Soria, periodista. (La Razón)

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