Ritos ancestrales que cautivan

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Los rituales ancestrales son parte de las actividades de convivencia con los comunarios. Foto: Doly Leytón

 

En el albergue de Caluyo –antes de volver sobre sus pasos– Faustino presenta a Idelfonso Quispe Laime, el nuevo anfitrión. Ya en la cabecera de valle, no solo va cambiando el paisaje en el que se observa más vegetación sino que también varían los tonos en la vestimenta de los lugareños. A diferencia de los colores tierra que se usan en Qutapampa, los tejidos y artesanías en este lugar son más coloridos con predominio de los rojos.

Aquí la atención al turista es igual de esmerada porque también se organizan en grupos conformados por un arriero, cocineras y un guía biocultural. El albergue luce impecable y cuenta con lo básico: agua caliente, buena comida y camas cómodas para un grupo de ocho personas.

Idelfonso es un kallawaya que camina hora y media  entre los cerros desde su casa hasta llegar a atender a sus visitantes en el albergue de Caluyo. Además de ser un yatiri, sabio sanador, con la actividad turística se ha convertido en una persona multifacética: administra el hospedaje, se asegura de que los visitantes tengan comida caliente y sabrosa en la mesa, es nuestro guía y está a cargo de compartir ritos ancestrales que por cientos de años practican en su comunidad.

El kallawaya Idelfonso durante un ritual en Caluyo.

Cubierto con un poncho rojo, tiende sobre una mesa un aguayo y da la bienvenida en español. En un ambiente iluminado solo por velas explica la importancia de dar gracias a la Madre Tierra por todo lo que se tiene y lo vital de encomendar a los achachilas para que todos los proyectos y actividades salgan bien.

Luego toma unos algodones y empieza a formar una especie de nidos –12 en total– que dispone en orden sobre la superficie de la mesa. En Machajuyai, lenguaje kallawaya, se comunica con otro hombre e inicia el rito repitiendo frases que el resto no puede entender. Con expresiones que revelan fe coloca sobre los nidos grasa de llama, azúcar, claveles, incienso y otros elementos. Luego invita a replicar lo visto, siempre susurrando los deseos personales.

Este ritual concluye en el cabildo, lugar sagrado donde se arma una fogata y se entrega la ofrenda a las llamaradas. “Si se quema rápido y todito, es que ha aceptado”, explica haciendo alusión a que el ritual fue exitoso.

Idelfonso, con 55 años encima es optimista. Tiene la esperanza de que cada vez más personas se interesen por la ruta Pacha Trek. Al caminar por el museo local muestra una foto antigua de la casita donde pasó su niñez. Apunta con el dedo un tejido que tiene más de 80 años y, además, explica orgulloso que en la zona hay más de 30 tipos de plantas medicinales que utilizan para transformarlas en pomadas e infusiones que curan enfermedades.

En plena conversación se queda callado para luego continuar: Yo pienso… que vengan más turistas. Si vienen más turistas, felices vamos a estar, conversando, mostrando nuestras tradiciones y hasta nuestras ceremonias rituales porque aquí no hay trabajo.